Wednesday, February 28, 2007

El fútbol de la Argentina


El fútbol de la Argentina. Aproximaciones desde las ciencias sociales

Entrevista a Ángel Cappa realizada por Julio D. Frydenberg y Roberto Di Giano.

Para completar la serie de entrevistas realizadas a analistas sociales para abordar distintos aspectos del fútbol de nuestro país, creímos de interés entrevistar a Angel Cappa, para que aportara un conocimiento mas vivencial de lo que sucede en la esfera futbolística, y junto con ello su capacidad reflexiva sobre la misma realidad de la que participa.

Roberto: En primer lugar queremos comentarte lo siguiente. Nosotros hace años que analizamos el fútbol y en general encontrábamos muchas resistencias en el mundo académico. Es como si no fuera digna la tarea que hacíamos, pues el fútbol era considerado un tema menor para las ciencias sociales (actualmente hemos abierto un camino pero, sinceramente, nos costó mucho al principio).

Cappa: ¡Un tema menor! Eso es terrible, si consideramos la cantidad de gente que convoca el fútbol y lo que produce socialmente.


Julio: Cuando yo gané una beca para estudiar estos temas en la UBA, y debatía acerca de por donde empezar a estudiar, a investigar, generalmente me sugerían los temas vinculados al uso del tiempo libre, del ocio y del trabajo. Pero el fútbol cruza transversalmente todo eso, porque yo me preguntaba, por ejemplo por los que dejan de ir al trabajo para ver fútbol ¿dónde los incluimos? Creo que esos cortes esquemáticos no alcanzan, no sirven para analizar el fútbol de la Argentina.

Cappa: En el mundo no sirven, porque yo he tenido también experiencias en otros países. Concretamente en la Argentina iba mucho más gente a la cancha en los años cuarenta que ahora, porque actualmente el fenómeno es más televisivo, pero antes los aficionados llenaban las canchas y curiosamente iban de traje y sombrero. (esto se puede ver en la película “Fútbol Argentino”)

Julio: Además, nosotros estamos luchando para separarnos de esa tradición que ve a los pocos que estamos trabajando en el tema como “seguidores” de Sebrelli con quien nosotros no coincidimos. En una época, eran posturas que tenían cierto predicamento.

Cappa: El último libro que hizo Sebrelli es ridículo. Dice, entre otras cosas, que el fútbol es una trampa porque consiste en engañar al adversario. ¡Pero todos los juegos consisten en eso! El ajedrez también, porque yo pongo el peón acá para que vos creas tal cosa.... Entonces él concluye que el fútbol es tramposo, y nos gusta mucho porque a los argentinos la trampa nos atrae. Creo que él quiere provocar y vender de esa manera.

En mi caso, yo tengo mi postura a partir de que soy un tipo de barrio al cual el fútbol le dio muchas cosas pero considero que el intelectual tiene que decir: vamos a estudiar el tema, y no tener prejuicios.

Julio: Yo te escuché en un reportaje en radio, en el que comentabas que el fútbol de barrio (y no sólo ocurre en el barrio, sino también en torneos entre profesionales, por ejemplo) fue permanente la expresión y exaltación de valores viriles, y a menudo violentos, contenidos en el juego. Es decir, hábitos, valores, sentimientos populares que tienen ese contenido, y que si bien podrían ser diferentes, han quedado pegados al fútbol por determinadas cuestiones que a mí me interesan. Ahora, vinculado al tema de la violencia dentro de la cancha de fútbol y la violencia fuera del fútbol; me pregunto, ¿Cómo se juega al fútbol en la Argentina? ¿Qué se juega cuando se juega al fútbol?. Es decir, si pierdo ¿me están quitando algo mucho más importante que el mero hecho de perder un partido?. Hay valores que están detrás, y que se ponen en juego de determinada manera porque se depositan en el fútbol muchas otras cosas que el mero juego. Quería conocer tu opinión con respecto a estos temas y además que nos comentes que pasa hoy con los jugadores de una plantel profesional: ¿está presente todo esto o está desteñido dentro del marco de una relación laboral?

Cappa: Decía un entrenador inglés, que ahora no recuerdo el nombre, que el fútbol no es una cuestión de vida o muerte. Es algo mucho más importante. Y es cierto, porque el fútbol le permitía y le sigue permitiendo a un tipo de un barrio tener algo que a los pobres le arrebataban desde la cuna: el orgullo. Es decir, yo a partir de una pelota de fútbol soy alguien, en el sentido profundo. Me gano así el respeto mío y el de la gente. En el barrio, el tipo más respetado era el que mejor jugaba al fútbol (por supuesto que no es un planteamiento racional, es un sentimiento compartido por todos). ¿Qué otros medios tiene para que lo reconozcan y el mismo reconocerse? ¿Qué otros valores culturales le quedan en el barrio para tener una identidad? ¡la pelota!

Entonces jugar bien tiene ese enorme significado que ahora se lo están quitando y que los mediocres creen que es romanticismo o que es para dar espectáculo ¡No! Es una cosa mucho más profunda.

Es decir, yo tengo que ganar porque ganar me confirma todo eso y además porque estoy comp¡tiendo, pero sobre todo tengo que defender esta cuestión, porque yo me siento alguien, me siento admirado si hice una gran jugada. Y yo creo que en este aspecto no es muy diferente a un pintor, a un escritor, a un actor de teatro, que si le sale bien la obra se siente gratificado.

Julio: Lo diferente es que toda la población masculina conoce el fútbol y lo ha practicado. En cambio con otras actividades creativas no sucede lo mismo...

Cappa: Bueno, sí. Me refería sólo a ese valor... en el barrio el que no jugaba al fútbol era un bicho raro (no sé ahora, a lo mejor ha cambiado). En la época mía era así. Todo el mundo tenía esa identificación y además era barato. Yo conocí el tenis cuando tenían 20 años, porque ¿cómo hace un tipo para jugar al tenis? Tiene que comprarse una raqueta. En cambio con una pelota que la hacíamos de trapo en aquel momento juntábamos veinte tipos y entonces veíamos quien la dominaba mejor. A partir de ahí hay unos códigos que se van formando dentro del barrio.

El fútbol te enseña a ser valiente, a superar el miedo a perder, el miedo a meter la pierna, a pedir la pelota. Te enseña también a mantener el equilibrio entre el éxito y el fracaso, porque vos sabes que estas caminando sobre una cornisa y que el fracaso y el éxito depende de tonterías, a veces. Entonces uno se vuelve prudente. En el fondo uno sabe que tuvo éxito ese partido pero también que pudo haber perdido, porque pegó una pelota en el poste, o resulta que le pegó mal y la pelota entró igual. Esto me parece que es fundamental. Sobre todo el respeto.

Roberto: Yo trabajé el tema de la modernización del fútbol argentino que se produjo en los inicios de la década del ´60 y hay valores que van desapareciendo y se imponen otros. El exitismo, por ejemplo, es mucho más fuerte. Yo reproduzco algo que decía el jugador Ernesto Grillo: “nosotros con Independiente nunca salimos campeones pero todo el mundo nos ovacionaba”. Pero esto se rompe bruscamente con el proceso de modernización que básicamente va a desestructurar nuestra identidad futbolística (un tema que quisiéramos charlar después con vos por que parecería que tenemos una identidad muy débil porque apenas perdemos un partido por goleada como ocurrió en el Mundial del ´58 o más recientemente con Colombia, ya creemos que no servimos para nada. Y esto lo aprovechan todos los agentes aculturados del ámbito deportivo para tratar de imponer pautas de organización y valorización de raíces exógenas)

El otro día Márcico, en una entrevista televisiva, decía que el exitismo se había convertido en un valor muy fuerte en la Argentina y que en otros países no era así...

Cappa: Pero es el capitalismo. No se salva nadie de eso. Aunque en Francia puede ser que no se dé tan fuerte. Yo no conozco tanto el fútbol francés, pero creo que tiene un tono diferente, y está un poco al margen de lo que sucede en España e Italia.

Volviendo a esos valores que generaban en el jugador el respeto que yo les decía, por ejemplo en mi caso que fui simplemente un pibe de barrio que jugaba al fútbol, cuando iba a los piringundines de Bahía Blanca a ver al polaco Goyeneche yo me sentaba un poco asustado, pero ni siquiera las coperas me molestaban, y eso era así porque yo era jugador de fútbol. Esto te lo da el fútbol y uno lo pone en juego. Ahora, vos me habías preguntado si eso lo mantiene el jugador actualmente. Sí, lo mantiene, pero lo mantiene encerrado, lo mantiene metido en un cajón porque lo han convertido en un obrero. Es decir, a partir de la industrialización masiva de los años ´60 estos argumentos también se trasladaron al fútbol, y al jugador le empiezan a quitar el placer de jugar (aquello que tan bien reflejaba la película “La clase obrera va al paraíso”: una pieza, un culo....)

Entonces se empezaron a producir jugadores en serie, y pasaron a ser lo mismo Ernesto Grillo que “José González”, ya que se tiraba a los pies, agarraba al contrario de los pelos y no lo dejaba jugar. De esta manera al jugador lo convierten en un laburante del fútbol. En líneas generales el futbolista en este proceso fue ganando cada vez más plata, y los grandes capitalistas vieron un gran negocio, con la ropa deportiva, la televisión, la radio. Los jugadores específicamente reciben más plata, pero al mismo tiempo le quitan el placer de jugar y lo alejan de esa cuestión del orgullo de la que hablamos antes, se va distanciando pero la conserva todavía en algún rincón, por lo menos en la Argentina, porque en Europa es más difícil.

Lo que lograron fue transformar a pibes de veinte años como Ronaldo o Raúl en tipos tristes, pero llenos de plata, que no saben porque están jugando. Es que lo desentienden del juego porque el técnico es el que da las órdenes y ellos tienen que obedecer. Antes no era así, el protagonista era el futbolista y el técnico, más o menos, podía ordenar, como hace por ejemplo un director de teatro pero no le va a decir al actor cuando tiene que levantar el codo para conversar. Es decir, que al futbolista lo fueron alejando de ese contenido que tenia el fútbol en décadas pasadas.

Julio: ¿Es cierta la oposición entre la concentración de varios días, el entrenamiento metódico y la falta de creatividad?. ¿Pueden coexistir o son necesariamente opuestos?

Cappa: Bueno, en realidad, el entrenamiento no tendría que oponerse a la creatividad. Depende del objetivo del entrenamiento. Si ustedes están haciendo este trabajo tienen que tener una disciplina, un método, como lo tiene que tener un pintor, un actor, etc. Ahora bien, hay que preguntarse ¿para que lo entreno yo a un jugador?, ¿para qué obedezca o para que invente?. Yo como entrenador le doy un orden, pero ¿es un orden para la libertad o para quitársela?.

En cuanto a la concentración previa al partido, en realidad sirve para alejarlo de los problemas cotidianos, y pensar solamente en el partido. Otro propósito no tiene sentido, si se van con mujeres o no, eso, prácticamente ya no existe.

Julio: ¿Y en cuanto a las concentraciones prolongadas?

Cappa: Para la pretemporada es válida porque yo durante quince días al jugador que vuelve de las vacaciones lo empiezo a controlar las comidas, el descanso. Es decir, que le voy preparando el organismo otra vez para después lanzarlos, y además tengo que formar el grupo, hablarles, conocerlos, darle un objetivo común y tratar de que los tipos se comprometan con algo.

Ahora bien, también existen tipos que los guardan para quitarles libertad. Es un objetivo que para mí no tiene sentido. Yo cuando estoy de pretemporada con los jugadores concentrados, por ejemplo, les doy dos días para que se vayan por ahí y cuando vuelven empezamos a entrenar nuevamente. A la semana lo hago otra vez. Pero siempre va a depender todo del propósito que yo tenga como conductor del grupo. En realidad, la mayoría de los casos se hace lo contrario: se entrena a los futbolistas para que obedezcan y no para que inventen.

Julio: Si bien no lo hemos analizado nosotros, pareciera que el imaginario en el exterior sobre el fútbol argentino se ha ido modificando. Y hay hechos que abonan esa idea, ya que no sólo compran básicamente a creativos. Por ejemplo, algunos sostienen que el típico jugador argentino de esta época es alguien como Simeone. Ese sería el modelo requerido desde afuera.

Cappa: Bueno, lo que sí es cierto con respecto a esto es que las aparición de las Sociedades Anónimas (y sobre todo en España) ha hecho que los presidentes de los clubes sean los dueños de los clubes. Y éste hecho los ha emborrachado de popularidad, con esa apariencia de poder que da la popularidad. Entonces compran cualquier cosa. Y además, hacen negocios de todo tipo.

Decir que el talento se equiparó con un jugador de fuerza, por llamarlo de alguna manera, es una estupidez

Roberto: Pero esto funciona en el imaginario colectivo. Precisamente hablando con un antropólogo argentino que vive en Europa (E. Archetti) y que trabaja, entre otras cosas, la temática de los imaginarios, nos relataba que, en la década del cuarenta, cuando fue de gira San Lorenzo a Europa lo vieron como una fuente de creatividad y se preguntaban cómo sería entonces el campeón -la máquina de River- que no habían visto jugar. La pregunta es si siguen viendo al fútbol argentino así o si ha cambiado esa imagen.

Cappa: Por supuesto que ha cambiado, porque el fútbol argentino tiene una sangría de doscientos jugadores por año, aproximadamente. Entonces se van los muy buenos, los buenos, y los regulares. Es decir que se va prácticamente todo el mundo. Se van jugadores que antes no se hubieran ido. Y aquí, entonces, en la Argentina juegan solamente los que están saliendo y los que están de vuelta. (Denme todos los jugadores argentinos que están por el mundo y después vemos cual es el verdadero nivel nuestro)

De allí que el imaginario está cambiando, porque los europeos se llevan a todos, no se llevan solamente a los buenos. Como me dijo un amigo español, luego de haber presenciado el partido entre Boca e Independiente: ¡el nivel del fútbol argentino está bajo!. Entonces yo le dije, “que querés si se llevan a los buenos, a los muy buenos y hasta los regulares...” “Y a algunos malos también” agregó irónicamente mi amigo.

Ahora bien, tengamos en cuenta también que los equipos grandes de Europa no se llevan en forma directa ningún jugador argentino. Pasan primero por los equipos chicos (como el caso de Redondo o Simeone).

Roberto: ¿Y porqué pasa eso?

Cappa: Es que en la Argentina no hay tiempo para afirmar un verdadero crack. Los jóvenes se quedan rápidamente sin espejos donde mirarse (el crack también es producto de la imitación). Así, se va desfigurando la identidad. Si aquí se quedaran muchos de los jugadores que se fueron al exterior cambiaría todo esto.

Además, está el periodismo que maneja toda esta historia y lo hace con los valores de la sociedad capitalista. Por ejemplo expresan: Boca ganó, entonces es el mejor; Enrique Iglesias vendió más que todos ¡es excelente!. Así no hay posibilidad de discusión. Tinelli tiene éxito con esa porquería que hace, ¿y quién le discute ese éxito? ¿Cómo haces para decirle a la sociedad que Tinelli vende todo pero a mí me importa realmente muy poco lo que hace?.

Julio: Siguiendo en esta línea. Los sectores populares seguramente también manejan algunas nociones acerca del éxito, algunas de ellas probablemente coincidan con los valores dominantes y otras no. ¿Alcanza entonces con afirmar que todo lo vinculado con el éxito tiene que ver con la sociedad capitalista? Porque si todo lo ponemos en la misma bolsa, el éxito será un valor adueñado exclusivamente por los sectores dominantes.

Cappa: No, tenés razón. Hay tipos que tiene éxito y que son valiosos, Yo siempre digo lo mismo: yo conozco muchos ganadores mediocres y algunos perdedores valiosos. Pero también hay ganadores valiosos. Serrat, por ejemplo, tiene éxito y es valioso.

Volviendo al fútbol específicamente, la gente de Racing todavía no me pegó una lata por la cabeza al salir terceros en el campeonato por que se intentó jugar bien y eso también tiene un valor en contra de ese slogan capitalista que dice que lo único que importa es ganar. Pese a salir terceros la gente gritaba “Cappa no se va”. Y eso que hicimos sólo un par de pases seguidos, porque tampoco el equipo de Racing jugó maravillosamente bien.

En cuanto a los jugadores yo tuve muchas charlas con ellos y les expliqué lo difícil que en este medio es el ser normal, que yo asocio a lo solidario, a tener un proyecto, a volver al barrio, y fijate que hace mucho tiempo que los jugadores no salen a apoyar algo como lo hicieron ahora. Que puede ser más importante que ser solidario con un técnico, porque aunque me apoyaron a mí, apoyaron más ampliamente un proyecto común. Hace rato que no sucede esto de asumir un compromiso común y eso se logró en Racing.

En Independiente, por ejemplo, a Menotti lo tendrían que haber matado si tenemos en cuenta la campaña que hicieron y sin embargo realizaron una encuesta que reflejó que un 60 % de los hinchas de Independiente quiere que siga Menotti ¿Porqué? Porque alguna vez hicieron dos pases seguidos. Entonces, es cierto que hay cosas rescatables más allá de los resultados.

Julio: Pero de la soga se puede tirar hasta un límite.

Cappa: Seguro. Esta es una competencia, se juega para ganar. Eso es lo mismo que los que dicen: vamos a organizar campeonatos infantiles, y a los pibes no los hacen jugar por los puntos. ¿Porqué? Si es una competencia, vamos a darle el carácter que le corresponde por serlo.

Quienes opinan así no tienen ideas. ¿cómo me vas a sacar a mí la posibilidad de salir primero y a otro segundo? Si se juega precisamente para eso. Ahora bien, eso sí, dale a la competencia el sentido que tiene que tener. Explicale porqué camino se llega al triunfo, es decir, jugando bien al fútbol. Por todo lo que yo te decía que significaba y no por una cuestión romántica como dicen esos periodistas mediocres que no entienden nada. Tiene que ver con defender una identidad, porque yo soy un tipo de barrio y como venía la pelota, la bajaba y la “pisaba” contra el suelo1, eso me dio la posibilidad de ser. Pero esto es más difícil de transmitir ahora.


Roberto: Siempre volvemos al tema de la identidad, la cual yo creo que está estructurada débilmente. En Europa esta cuestión es diferente porque el inglés, por ejemplo, sigue jugando igual gane o pierda. Pero aquí el primer partido que perdemos todo se pone en duda.

Cappa: Si, es así. Pero mirá a Bilardo (por poner un paradigma del fútbol resultadista) ha sido un ganador pero se lo toleró sólo porque ganó, porque cuando empata ya no se lo soporta. Es decir, que a este estilo de juego los hinchas sólo lo soportan si gana.

En cambio el otro estilo de juego es más aceptado aunque también debe ganar para afirmarse -Pekerman es mucho más querido y respetado que Bilardo, que fue campeón del mundo con la selección mayor. Sin embargo es menos respetado. Cuando va a un programa de televisión, no lo dejan hablar o hablan arriba de él. En cambio cuando habla Pekerman hay un silencio..., es que ganó defendiendo algo que todavía queda. Es como esa canción de Pablo Milanés, Restos de humedad, en Pekerman hay restos de identidad.

Julio: Yo me pregunto, cómo esa tradición del estilo “criollo” se puede vincular con lo popular porque, por ejemplo, a Menem le puede gustar el estilo que defiende Menotti. Así los gustos se cruzan con los grupos sociales, son -a veces- transversales. Entonces ¿por dónde pasa lo popular?

Roberto: Mirá, yo trabajé el diario La Nación en el año 1913. El periódico fundado por Bartolomé Mitre critica por entonces a ese jugador que está surgiendo de los sectores populares, el crack, y la estrategia para desvalorizarlo era compararlo con los jugadores ingleses que según el diario eran consecuentes, aguerridos (siempre frente a la supuesta indolencia de aquel).

Ahora bien, yo creo que ese rechazo que los diarios de la elite hacen del fútbol criollo, en los primeros años del siglo, teniendo siempre en mente el modelo deportivo inglés se va a ir modificando con los años y termina siendo aceptado y reconocido (sabemos por el trabajo de Eduardo Archetti que la revista El Gráfico en los años 30 valora con énfasis el estilo criollo)

Cappa: Pasa lo mismo que con el tango; empieza en los arrabales pero también a las clases altas le significa algo finalmente.

Julio: Yo cuestionaba esto, porque a veces las adscripciones así, automáticas a estilos y a clases sociales son engañosas.

Cappa: Pero es que tienen el origen en esos sectores sociales.

Julio: Si, y a veces, en un origen muy lejano. Cappa: Es que el fútbol si es muy popular, va empezando como todas las cosas de bien abajo, ambiguamente y poco a poco se va afinando.

Roberto: Yo lo que estoy comprobando en el periodismo escrito es que históricamente hay una constante. Me refiero a ese estereotipo del jugador indolente, el vago, que es censurado en ciertos períodos más fuertemente.

Cappa: Los que fueron cracks a primer nivel, nunca fueron indolentes: ni Pontoni, Martino o Grillo lo fueron. Willington, por ejemplo, fue un indolente pero no llegó a ser nunca lo que fue Grillo.

Roberto: Pero yo me refiero a la imagen que crean los medios de comunicación Cappa: Hay una anécdota del flaco Menotti que describe muy bien esto. En la cancha de Boca -y jugando para Boca-, el flaco se tira a los pies de un tipo, cosa que él nunca hacía. Los hinchas de Boca lo aplauden y sale en la tapa del El Gráfico cuando era una revista de mucho prestigio.

Cuando Menotti va a Rosario y el kiosquero que era amigo de él de toda la vida no le da bola... entonces, le pregunta, ¿qué te pasa, viejo?. El kiosquero le responde: “Dale, ahora vos también te tirás a los pies”. Es decir, que consideraba que Menotti hubiera traicionado todos los valores.

El tipo que entrenaba mucho era considerado, en la época mía, cuando yo empecé a jugar, negativamente. Para ser buen jugador había que ser atorrante, tener las medias caídas. Sólo los burros entrenaban mucho. Había que decir: yo no entreno (me duele la rodilla), mirá qué vivo, qué piola. Es que esos valores también estaban en el barrio.

Es decir, que era algo que estaba en el ambiente, pero los cracks nunca fueron indolentes.

Julio: El clima, la exigencia de la competencia inhibe al indolente para acceder a cierto nivel, ¿no es así?

Cappa: Si, por supuesto, en cualquier época.

Roberto: Pero yo, vuelvo a insistir, hablo de la imagen que crean los medios...

Cappa: Pero en la realidad esto no ocurre, nunca hubo un crack que fuera indolente.

Roberto: Esta bien, pero esta muy metido ese imaginario de los tipos que no corren, esa imagen es fuerte todavía.

Cappa: Es cierto. Ahora, por ejemplo, se lo dicen a Latorre. Personas que hablan de más como Lalín, dijo que hay que prepararlo físicamente luego del empate con River y siete días atrás en la cancha de Vélez había sido la figura de la cancha. Es decir que en una semana, supuestamente, perdió el estado físico. ¡Es una cosa de locos!

Roberto: Y el jugador también termina repitiendo lo mismo, porque yo lo escuché a Capria ayer diciendo que ahora juega mejor porque está bien físicamente. Ahora, yo no creo que lo de él sea un problema exclusivamente físico porque Maradona con veinte kilos de más, los tiros libres te los metía en un ángulo. Posiblemente sea más un problema psicológico.

Cappa: Lo que pasa es que el jugador empieza a decir lo que quieren escuchar, es la forma de sacarse de encima a los periodistas. Ahora bien, es verdad que los jugadores geniales nunca han tenido continuidad en el juego. Son jugadores de apariciones, porque no se puede ser genial a cada rato, sino el partido terminaría 28 a 0. Le sale una genialidad cada tanto, pero cuando las hace te gana el partido.

Julio: Cambiando de tema, Roberto Perfumo, en su libro “Jugar al Fútbol”, hace una especie de sumario de los valores que deberían tener -o tienen- los jugadores de fútbol. Afirma que el jugador debe ser violento, rudo, malo, entre otras cosas.

Cappa: Mirá, yo le diría a Perfumo lo siguiente: ¿sabés cuántos más malos y violentos que vos conocí en mi ciudad?, setenta. Pero vos no eras Perfumo por eso, sino porque jugabas bien. Además no era ni malo ni violento, lo que tenía Roberto era un gran sentido competitivo.

Una vez me dijo un cubano: cómo era posible que le hablara a los jugadores de fútbol de la honestidad deportiva si por ahí en un corner le metían un codazo y le hacían un gol. Bueno, en un corner vos también tenés que meter el codo, que vas a hacer. La competencia es así, no vas a ser deshonesto por eso. Eso sí que lo tenía Perfumo, pero no era “el mariscal” por esto, sino porque era un crack.

Hagamos un repaso de los grandes futbolistas argentinos siguiendo esta lógica. El menos malo que yo conocí en mi vida dentro de un campo de juego fue Bochini. Otro tipo buenísimo dentro de la cancha era Maradona (nunca le pegó una patada a nadie, ni siquiera ponía el codo). Entonces, ¿cuál es el sentido de ser malo? ¡Hay que ser bueno!

Extraído de Educación Física y Deportes - Revista Digital - Diciembre de 2000

Tuesday, February 27, 2007

Cappa en palabras

"En el fútbol no se recuerdan los resultados, se recuerdan las emociones"

Sunday, February 25, 2007

La personalidad de un crack


Todavía quedan en mis oídos algunos ecos débiles de los silbidos de impaciencia que alguna vez el Bernabéu, como a tantos otros jugadores de sus mejores afectos, le brindó a Redondo, al que comprendió mucho después. Y también me acuerdo de algunas discusiones encendidas cuando casi todos dudaban de su fútbol.

El único que parecía inalterable en aquellos días de polémicas y sospechas era él. Inclusive atravesó lesiones de cierta importancia, de las que poco menos que lo hacían culpable por su estilo, con el ánimo intacto. Tenía un propósito desde que apareció en una cancha en Argentina y nada ni nadie (ni siquiera algún técnico que llegó al Madrid con la intención de borrarlo) fue capaz de apartarlo.

Quería ser el mejor. Y esa vanidad de la que habla Perfumo «sin la cual es imposible», dice, «ser jugador de fútbol», lo llevó a ser el mejor y al reconocimiento unánime del madridismo, que ya le había reservado el sitio que ocupan los grandes mitos de su historia. Ganó los títulos que su calidad merecía, pero ganó algo mucho más importante y difícil: el cariño del madridismo y el respeto de todo el mundo futbolístico. Ahora se va y quizá sea el mejor momento para hacerlo si es que así debía ser, porque ahora es indiscutible y así quedará para siempre en el Real Madrid. Sin él, el equipo no será el mismo porque le faltará la personalidad indestructible que le aporta, el talento para armar el juego, la referencia en los momentos difíciles, la alegría de su fútbol bonito y efectivo.

Es un profesional incuestionable que nunca perdió la esencia del potrero de su barrio, que nunca deja de jugar y que agiganta su figura y su importancia en los partidos y los momentos decisivos. De los muchos buenos jugadores argentinos que andan por el mundo es, posiblemente, el más argentino de todos en cuanto a la defensa de un estilo, y el que con más naturalidad se adaptó a las exigencias internacionales. El Real Madrid pierde a un crack, y a pesar de los precios escandalosos que se pagan por cualquier buen jugador, no es fácil encontrar un crack de verdad como Redondo. Si me permiten, yo me quedo con un caño que en un partido oficial le hizo a un rival, muy cerca del banquillo, y que después, en privado, me lo dedicó: «Para que lo disfrute», me dijo.

Saturday, February 24, 2007

"Rivaldo y la pelota tienen un pacto"


Rivaldo y la pelota tienen un pacto. Ella le obedece y él la acaricia y así van por el fútbol, ganando partidos y asombrando a medio mundo. Cuando algún jugador sobresale por su personalidad y juego, suele decirse que es fulano y 10 más. En cambio, en este caso habría que decir que Rivaldo necesita un equipo para que sean 10 y él.


Para jugar a su aire, caprichosamente en el buen sentido y así, de pronto, inventar alguna jugada que un segundo antes nunca se había visto y que termina con la pelota en la red y los tres puntos en casa. Lleva la esencia del fútbol brasileño hasta cuando camina. Ese fútbol lleno de sorpresas, de chanfles, de gambetas imposibles, de disparos envenenados que dibujan un montón de curvas insólitas antes de llegar a destino, de caños inverosímiles, de paredes en 20 centímetros y de goles de chilena cuando la Copa de Europa parece alejarse.


Un fútbol rebelde y que entristece si lo quieren someter a disciplinas tácticas. Si alguien nos preguntara de qué juega realmente Rivaldo, habría que contestarle que juega por ahí, porque no tiene un lugar fijo si lo queremos ver motivado y feliz. Por ahí, de la mitad hacia adelante, es su mejor lugar para encontrar la inspiración.


Porque Rivaldo juega más por inspiración que por sentido colectivo. El aparece de vez en cuando para ganar el partido o hacer una jugada que estaremos comentando un mes seguido. Pero todo empieza en esa relación especial que tiene con la pelota, capaz de dormirla de un toque y de ponerla donde ni el ojo cabe.


Más de 20 goles por temporada avalan también su eficacia. No sólo es estética y emociones, sino también resultados. Lo único que su juego reclama es absoluta libertad. Por eso se han equivocado con él algunos entrenadores, tratando de acomodarlo a un sistema. El necesita libertad y confianza, como todos los creadores. Después, devuelve triunfos y alegrías.

Thursday, February 22, 2007

Angel Cappa - Andrés Calamaro


A continuación, Andrés Calamaro -en dos oportunidades distintas- opinando sobre Ángel Cappa.


Revista EFE EME - año 1996 aproximadamente 

¿Por qué existe esa afinidad entre rock y fútbol?
Ocurrió en Argentina en el año 90: fútbol y Rolling Stones. Me gustaría que España pudiera contagiarse de ello, por unos años está bien. Yo no soy un gran entendido en fútbol.

Pero además eres amigo de Redondo y de Valdano.
Sí, pero yo no puedo hablar de la esencia del fútbol, no puedo hablar de fútbol de salón, mi diálogo es como del As y el de ellos de expertos. A ellos les gusta hablar de fútbol y a mí me gusta hacer preguntas como las de la gente en el bar. Pero también hablamos de música o de cómo va la cosa en Argentina, o de cuestiones culturales.

El famoso círculo de argentinos afincados en Madrid que mantenía como una tertulia...
Sí, es los viernes, pero yo hace tiempo que falto, la buena época duró hasta que Jorge Valdano se fue a Valencia. Íbamos a un restaurante, que después se puso de moda, y tras la comida jugábamos un poco con los naipes, yo soy muy torpe, juego como un libro abierto. Hacía pareja con Ángel Cappa. Ángel es formidable, también es un buen amigo.

Fragmento del libro "Tirados en el pasto" en donde Andrés Calamaro transcribe una larga charla entre amigos - Editorial Sudamericana - año 2001 

TIPOS DEL FÚTBOL

Andrés: Yo tengo un buen dentista, del valdanismo.

Alejandro: ¿Cómo un dentista del valdanismo?

Andrés: Almorzamos con Jorge Valdano, con Ángel Cappa, con el dentista y con argentinos ilustres, y después jugamos al truco, todos los viernes. Me colé en un grupo de líricos del fútbol, algunos exilados políticos, inmigrantes profesionales mezclados, todos juntos.

Alejandro: Yo leí un libro de Valdano, le hice una crítica para Clarín, me encantó. Es como la historia de su vida, de su trabajo, demuestra una actitud combativa llena de fuerza y positividad muy valiosa. No sigo mucho el fútbol, pero en ese artículo me dieron ganas de decir que un hombre como Valdano era mucho más importante para la cultura argentina que un Sabato. Porque acepta los desafíos de vivir y no se hace el trágico.

Andrés: Lo conocí en un concierto de Pablo Milanés, yo llevaba un par de botellas de vino bueno, muy bueno, Valbuena del 5 año vino de la Ribera del Duero, del río que pasa por Valladolid, digamos, un vino que lo hacen a 200 kilómetros de Madrid, tal vez 250, y podría ser el mejor del mundo según el año. Íbamos a lo de D. Nacho Lewin un gran señor. Era un gran impulsor de Valdano como líder, del fútbol de elite, hicimos una cena muy paqueta en su casa... Recuerdo que cuando el Madrid salió campeón fuimos con don Nacho al lugar donde cenaban todos los jugadores y eso, ¿no?, y después, en un momento íntimo, me fui a sentar a la mesa con Valdano y conocí a Ángel Cappa, que es un gran personaje de Bahía Blanca, es necesario decirlo. ¿Sabés que es una ciudad que a los músicos no les gusta mucho nombrar?, ¿no te diste cuenta? No sé, queda feo decirlo justo ahora que estoy hablando de Cappa, que es un gran hombre, entre otras cosas, de Bahía Blanca, egresado de Filosofia y Letras, militante, de la izquierda, y un emigrado político, de esos que no tenían la opción de volver, y tenían una razón importante, una excusa para seguir extrañando, y para seguir ejerciendo así, de tangueros. Ángel y el dentista son...

Alejandro: ¿Son tipos de fútbol?

Andrés: Ángel es un hombre de fútbol pero militante, intelectual, licenciado y aparte es un ideólogo dentro del fútbol, y Jorge fue como el gran personaje que en un instante enamoró a España, salió campeón, defendiendo una forma de fútbol como forma de vida. Tanto es así que se lo empezó a tildar de filósofo dentro del fútbol, de poeta.

"Dame la pelota que desarmo todo"


"El juego de Ronaldinho es diferente al de Diego, al de Pelé, al de Messi. Hace cosas que vos nunca viste y eso solamente lo pueden hacer pocos jugadores.

Creo que Ronaldinho llama más la atención porque el fútbol se ha vuelto tan mecanizado y homogeneizado que los jugadores que intentan jugar como lo hace él, rompen con la monotonía y homogeneidad. Ronaldinho se las rebusca siempre para inventar y salirse del molde. Contradice a la táctica y es de esos que parecen decir 'dame la pelota que desarmó todo'.

En el fútbol de hoy, la gambeta es algo que falta y que afortunadamente él tiene. Por ahí es un partido chato pero cuando lleva la pelota todo cambia. Además es muy preciso y mete muchos pases de gol."

Ángel Cappa sobre Ronaldinho


Sunday, February 18, 2007

Prólogo de "La intimidad del fútbol"

A los luchadores sin recompensa,
que son un ejemplo de dignidad.

A quienes levantan la utopía como forma de vida
y se resisten a aceptar el fin de la historia
que quieren decretar los que mandan.

A los desobedientes
que siempre tienen un "orden que desordenar"
como sugiere un poema de Benedetti.

A los que son acusados de románticos y soñadores
y señalados como perdedores,
que aún así prefieren la poesía.

A los que intentan cambiar la realidad,
para hacerla más justa, más humana, más hermosa.

A los que sufren la injusticia de un
orden establecido para unos pocos y se rebelan.

A los que viven el fútbol desde la ilusión
y sólo piensan en el resultado cuando termina el partido.

A mis amigos.

Ángel Cappa. Prólogo de "La intimidad del fútbol"

Reflexión sobre el triunfo

“La meta es una mentira, pero cuando lo aprendemos ya es tarde. Entonces fingimos una borrachera de alegría, quizá para justificarnos ante nosotros mismos, pero a cada momento nos descubrimos con la mirada perdida.Hay una certeza que aún nos molesta más: lo mejor fue el camino ¿cómo no lo supimos antes? La ilusión de ganar es más reconfortante que la victoria misma.Nada hay más engañoso que el triunfo final, ni más abstracto. Detrás de la victoria no hay nada. En definitiva ganar es quedarse sin motivos.Lo comprobamos, nos recuperamos y volvemos a encontrar una excusa para volver a andar el camino, para volver a soñar.”

"Al fútbol se juega como juega Valderrama"


"Con Valderrama la pelota circula segura, redonda y atractiva como nunca, el fútbol recobra la salud y todo parece estar como es debido. A uno le da pena no poder estar en su equipo, porque parece tan fácil jugar al fútbol. Por eso yo no tengo dudas, al fútbol se juega como juega Valderrama."

Ángel Cappa en "¿Y el fútbol, dónde está?"


El fútbol que viene

Un niño de unos 12 años, aspirante a futbolista, sale de su casa para una prueba que hará en un club importante. Es delgadito, menudo, y se le ve radiante, entusiasmado. Viste calzón de un equipo y camiseta de otro, descoloridos, muy usados y zapatillas gastadas.

Al llegar, un señor algo mayor, que es entrenador, con un silbato colgando del cuello y una carpeta en la mano, apunta su nombre. «Yo soy delantero», dice el niño.

Hay muchos chavales y se organizan partidillos breves. El entrenador, de chándal impecable y presencia intimidatoria, toma notas.

Cuando le toca jugar, nuestro niño pide todos los balones, se empacha regateando, hace un gol muy bonito y falla otros relativamente fáciles. Cuando pierde la pelota, pone los brazos en jarra y toma aire, para recuperarse. Demuestra una técnica superior al resto de los niños y disfruta jugando.

Terminan las pruebas y el entrenador llama a algunos de los niños y los cita para fechas próximas. Nuestro niño espera. Al cabo de un tiempo, y como nadie le dice nada, se acerca al entrenador y le pregunta: «¿Y yo qué hago?». «Tú.. ah... sí... ya te llamaremos». El niño parece darse cuenta porque vuelve a preguntar: «¿No le gusta cómo juego?». «Pues mira, a decir verdad eres un chupón», dice el entrenador. «Es que me gusta mucho el balón, ¿sabe?». «Sí, pero esto es fútbol», le dice muy serio el entrenador.

«Por eso», contesta el niño, abriendo los ojos muy grandes, como si hubiera encontrado un buen argumento. «No luchas, no marcas», agrega el entrenador. «Es que soy delantero», se justifica el niño, tímidamente.

«Para ser jugador de fútbol hay que ser serio», dice el entrenador. «A mí me gusta hacer goles, no marcar», dice el niño. «Pero fallaste algunos por no tirar a romper», dice el entrenador. «A mí me gustan más así», dice el niño. «Tú no comprendes», dice el entrenador con gesto sabio, «esto es fútbol, hay que ganar y hay que tirar a romper». «Sí, pero yo veo que, a veces, Raúl y De la Peña le hacen sombreros a los porteros», dice el niño. «¿Y qué?», dice el entrenador impacientándose... «además, ¿cuánto pesas tú? ¿y cuánto mides?». «No sé», dice el niño.

«Te lo digo yo», dice el entrenador, «muy poco, y para el fútbol hacen falta tíos fuertes, esto no es broma». «Yo soy fuerte», dice el niño afectado, «no me canso nunca». «Y además no sufres», dice el entrenador, que ya no escucha al niño, «y en el campo hay que sufrir». El niño no dice nada. «¿Es qué no me entiendes?», dice el entrenador. «No», dice el niño. «Tú no llegarás a nada», dice el entrenador y sigue con lo suyo.

Nuestro niño protagonista vuelve a su barrio, andando muy despacio, con la cabeza gacha, pateando piedritas, triste, pensando que tal vez no sirva para ser jugador de fútbol.

Algunas cosas son tan ciertas, que parecen mentira.

Extraído del diario El Mundo (España) - 2 de septiembre de 1996

El talento es sospechoso

Es como una regla implícita, como una orden grabada en el inconsciente colectivo, como una norma de seguridad, como si alguien lo hubiera dictado desde una montaña sagrada: no se puede poner a dos jugadores de talento juntos en una misma línea de equipo. Algo así como el primer mandamiento de la razón práctica.

Recuerdo que, en un curso para entrenadores, el profesor preguntó qué tipo de centrocampistas hacían falta en un 4-4-2. Comenzaba equivocándose el hombre porque partía del sistema y no de los jugadores, pero en fin, la cosa siguió y algunos contestaron lo que les pareció. El profesor escuchaba con una leve sonrisa de superioridad.
Al fin, y luego de saborear un rato en solitario el placer de la sabiduría, decidió compartirla. «Dos de recuperación, uno de ida y vuelta y otro para la creación», dijo, y se quedó mirándonos como quien acaba de revelar la verdad, con ojos de perdón.

En ese entonces se jugaba el Mundial '82 y Brasil nos estaba regalando a todos un fútbol inolvidable con un sistema que podríamos definir como el 4-4-2 del profesor. Los cuatro volantes eran Toninho Cerezo, Sócrates, Falçao y Zico. Ninguno de recuperación, ninguno de ida y vuelta o todos de ida y vuelta y todos exquisitamente creativos. «¿De esos cuatro a quiénes quitamos para hacer el equipo ideal?», le preguntó un atrevido.

No crean que el profesor del que hablo es el único. Casi todos cometemos el pecado del miedo. Es que los jugadores complementarios, los del esfuerzo, muy necesarios en todos los equipos, naturalmente, resultan más confiables que los talentosos. El talento siempre es sospechoso y no sólo en el fútbol. No inspira confianza.

Los futbolistas imaginativos, regateadores, los que prefieren el toque y tiran paredes son los que arriesgan, y el riesgo produce una sensación de inestabilidad no siempre aceptada. No hay otra forma de ejercer el talento que no sea arriesgando, sin riesgo es imposible jugar. Por eso cuando los entrenadores hacemos las alineaciones caemos en la tentación de sentar cabeza, de abandonar por un momento esos sueños raros de jugar bien y apostamos por la aparente seguridad del sudor.

El sábado por la noche dormimos totalmente equivocados, pero más tranquilos pensando que aquéllos que corren mucho nos salvarán la ropa. Muchas veces el público también piensa de esa manera y le perdona más errores a los jugadores esforzados aunque torpes que a los técnicos.

Cuando alguien falla un pase por tres metros después de una carrera de cuarenta metros, recibe una ovación de la grada, pero si el talentoso tira un caño y lo falla le grita la gente, el entrenador, sus compañeros y hasta el quiosquero el lunes cuando va a comprar los diarios.

De ahí que casi nunca jueguen dos talentosos juntos en la misma línea, pero sí dos sudorosos.

Extraído del diario El Mundo (España) - 30 de septiembre de 1996

Saber de fútbol

Atacar por las alas, defender en bloque, achicar espacios, presionar, manejar los tiempos, distraer por un lado para definir por el otro, y tantos otros términos que estamos acostumbrados a utilizar cuando hablamos de fútbol.

Sin embargo también se pueden emplear en un regimiento, en el rugby, en el fútbol americano y hasta en baloncesto, ahora que muchos equipos tiran pelotazos para ir a buscar el rebote. No es que quiera negar la táctica, admito su importancia.

De algún modo es la manera que tiene este juego de jugarse. Son los movimientos que es preciso organizar por tratarse de un juego colectivo, donde intervienen once jugadores. Para que haya una cierta armonía cuando se defiende y cuando se ataca.

Hasta ahí no hay discusión posible. Pero si damos preferencia al conocimiento táctico sobre lo esencial, corremos el peligro de no saber nada de fútbol. De un entrenador tacticista escuché una vez una crítica que me pareció muy acertada: es un gran entrenador... que no sabe nada de fútbol, dijeron de él. Sabía de tácticas. Preparaba tácticas, no jugadores. Y lo esencial en el fútbol son los jugadores.

Otros se empeñan en los sistemas. Son fanáticos de sus sistemas. «Yo juego con un 4-1-4-1», dicen por ejemplo y hasta son capaces de despreciar a un buen futbolista porque no encaja en «su» sistema. Es cierto que no podemos salir al campo a jugar de cualquier manera, sin un orden previo.

Lo que sucede es que tanto el sistema como la táctica o el orden o como prefieran llamarlo, son sólo puntos de partida. Bastan unos pocos entrenamientos y algunas charlas para ponernos de acuerdo sobre cómo nos vamos a organizar, qué haremos para defender y qué cuando tengamos la pelota.

Yo y casi todo el mundo conocemos entrenadores que no decían palabra alguna a sus jugadores pero que acertaban cuando elegían a los mejores en cada puesto. Después los animaban: «¡Vamos, eh!» y jugaban bien y hasta ganaban campeonatos. El oficio de los jugadores hacía el resto. Lo fundamental lo había hecho ese entrenador mudo: había puesto a los mejores en sus puestos y les había dado libertad para jugar, les había cedido el protagonismo.

Está bien, lo reconozco, no hay por qué llegar a ese extremo. Permítanme agregar no obstante, que así como se aprende a vivir viviendo, un equipo funciona funcionando. Lo cierto es que saber de fútbol, ante todo, sobre todo, es saber de jugadores de fútbol. No sólo distinguir a los buenos de los malos y a los mejores de los buenos, sino entenderlos, definirlos.

Si a Suker le pido continuidad, participación, me equivoco porque Suker es de apariciones, si a Onésimo le digo que no regatee, me equivoco porque Onésimo es regate, si a Giovanni le exijo que no haga florituras me equivoco porque Giovanni encuentra el fútbol y la eficacia en las rabonas, los tacos y los caños.

En fin, que de tanto hablar de tácticas, de sistemas, de disciplina, de resultados, nos olvidamos de lo principal que es (de momento) el futbolista. El fútbol es improvisación coherente, el buen fútbol quiero decir. Si atendemos mejor a los improvisadores ganaremos coherencia inclusive.

Extraído del diario El Mundo (España) - 7 de octubre de 1996

Ser entrenador


Curioso oficio este de entrenador de fútbol. Desde luego es mucho menos importante en cuanto a influencia y trascendencia que la que le otorgan los medios de comunicación. Se suele decir el equipo de Fulano o Mengano, colocando su nombre por encima y antes que el de los jugadores, y eso es, sencillamente, faltar a la verdad. No es el entrenador más importante que los jugadores y los verdaderamente buenos, inclusive, tendrían que pasar desapercibidos, como los buenos maestros que según el pedagogo brasileño Paulo Freire son los que no enseñan nada, los que sugieren, ayudan a pensar, los que hacen que los alumnos descubran por su cuenta, y los que finalmente terminan siendo anónimos porque el alumno no sabe si lo que aprendió se lo enseñó el maestro o lo descubrió él por su cuenta.

En otras palabras, el mejor entrenador es el que le da todo el protagonismo del juego a los que realmente son sus protagonistas: los jugadores. Pero resulta que la sociedad en que vivimos lo convierte todo en un producto de consumo y ese producto se vende mejor a través de individuos, alguien con quien los clientes se identifiquen. Por eso el entrenador de fútbol recibe elogios desmesurados cuando su equipo gana y es el culpable inmediato cuando le toca perder. Algunos directivos y cierto periodismo han encontrado en el entrenador la pieza de recambio exacta para desviar y aplacar iras en un caso y cambiar el producto para mejorar la venta, en otros. Se sabe que mejor se vende en la victoria que en la derrota y en todo caso en los extremos, que la mesura no tiene mercado.

Curioso oficio, decía, porque de todos modos el entrenador tiene un papel importante dentro de un equipo de fútbol y, si bien se le atribuyen méritos desproporcionados en la victoria, cierto es que en caso de incapacidad manifiesta puede perjudicar seriamente al conjunto, y en algunas ocasiones hasta ser capaz de hacer jugar mal a los que juegan bien.

Lo primero que tiene que saber un entrenador es de fútbol, cosa no demasiado frecuente a pesar de lo obvio que parece. Generalmente se especializan en técnicas o en sistemas y se alejan del juego como tal. Desconocen la intimidad del fútbol por aplicarse en dibujar esquemas en laboriosas pizarras. Cuando digo saber de fútbol quiero decir saber de jugadores de fútbol, distinguir los buenos de los mediocres y conocer a fondo a cada uno para corregir sus defectos y mejorar sus virtudes, ayudarlos a crecer en otras palabras.

También tendrá que tener una idea clara de qué es el fútbol y qué significa para los jugadores y la gente, para no traicionar sentimientos y emociones con la equivocada pretensión de ganar practicidad.

Finalmente hacerse merecedor de la condición de líder que le impusieron, para conducir la plantilla en equilibrio, eludiendo los desánimos en los malos momentos y evitando el atontamiento de la euforia en los triunfos.

Saber disfrutar de cada entrenamiento y de cada partido y transmitir esa alegría propia de un juego tan hermoso y tan cargado de presiones, intereses y urgencias tan innecesarias como estúpidas.

Extraído del diario El Mundo (España) - 14 de octubre de 1996

Todo es igual, nada es mejor

Desde el profundo respeto que le tengo a cualquier jugador de fútbol que juegue profesionalmente, desde el cariño que me provocan el talento y el esfuerzo de todos ellos, capaces de encender emociones inolvidables, de hacernos vivir momentos irrepetibles de felicidad, tengo que confesar mi decepción por la actitud que están adoptando.

Que buena parte del periodismo haya encontrado la rentabilidad del negocio barnizando la mediocridad de las intenciones, ocultándola bajo la alfombra eufórica de los ganadores que siempre venden más, es una realidad que puedo aceptar admitiendo la sociedad de compra-venta en la que vivimos.

Que los entrenadores -cada día más provisionales- nos equivoquemos pensando que quizá duremos hasta el próximo domingo si no perdemos, si le quitamos al juego su carácter festivo y espontáneo, es tolerable teniendo en cuenta el clima histérico en el cual tenemos que trabajar, aunque me produzca también una pesada tristeza.

Que buena parte de los directivos no consiga descifrar el significado del fútbol y lo confunda muy a menudo con un simple negocio para llegar rápidamente al éxito y lo inunde de urgencias desmedidas (cosa que no hacen con sus empresas donde son más criteriosos y pacientes), es comprensible. La clase dirigente ha fruncido la nariz casi siempre ante el espectáculo del sudor en el campo y la algarabía en las gradas.

Pero que los protagonistas, los jugadores, se sumen a la hipocresía vendedora y hayan olvidado el compromiso que implica ponerse una camiseta y salir al campo a jugar, es una herida en el alma muy difícil de curar.

Que un jugador de elite diga, al finalizar uno de esos partidos desoladores que «lo importante era ganar», exponiendo un conformismo que no puede sentir, o no debe, es como una bofetada en pleno sentimiento. Por supuesto que lo importante es ganar, pero si para el jugador de fútbol es lo único importante, igual que para buena parte de los directivos, los periodistas y los entrenadores, no hay más esperanzas.

Si un jugador de fútbol de elite, cuando le preguntan por los estilos de juego, dice que «todos son iguales porque finalmente todos pretenden ganar» es una rendición grave y desalentadora. En primer lugar, porque los jugadores saben que no es así. Que un estilo respeta su identidad de futbolista y el otro sólo respeta la victoria, aun a costa de su identidad.

Y si no lo saben peor aún, porque no aprendieron algo todavía más importante que jugar, no aprendieron a vivir su profesión desde el único lugar posible: el orgullo de ser lo que son. No puede un jugador de elite mezclarse en este tinglado montado para sacar dinero como sea y cuanto antes, sin resignar sus mejores cualidades: su compromiso y su orgullo de futbolista. Salvo que no le importe vivir con la dignidad aplastada, consolado con el dinero y la fama... si le toca ganar.

Extraído del diario El Mundo (España) - 27 de marzo de 1997

Fútbol de mercado

El mercado ha conseguido atrapar el fútbol y enredarlo en sus tentaciones de prosperidad, para finalmente someterlo a sus leyes de compra-venta donde la ética no encuentra lugar a no ser en los beneficios que justifican todos los medios. Las leyes del mercado las impone el más fuerte y una de sus normas dice que el que paga más tiene razón.

Las reglas del fútbol aceptadas y compartidas desde siempre por todos los que estamos en esto, son cuestionadas a cada momento y sólo respetadas en tanto no perjudiquen los intereses de algún poderoso, que, entonces, rompe la baraja.

Como para el mercado sólo vale el que gana, que es el que vende, hay que ganar como sea y los medios son todos válidos si se consigue el objetivo. Especialmente los ilícitos, aquéllos que atropellan cualquier reparo ético. Ocurre fuera del campo, pero también, poco a poco, se va introduciendo en el terreno de juego donde el respeto al rival se va convirtiendo en un rasgo de debilidad. El más pícaro, más vivo, más rápido como en el oeste, el más fuerte, saca o quiere sacar ventajas, porque, a veces, todavía no puede. Pero es ahí, en ese terreno y con esos valores donde se establece la competencia. Igualito que en el resto de las actividades del mercado que todos nos acostumbramos a llamar libre cuando en realidad la libertad es sólo para los poderosos que lo dominan absolutamente.

En los medios de comunicación el contenido del juego ha dejado de ser noticia, de ser importante.

Se escucha y lee muy poco de fútbol. Casi todo consiste en declaraciones agresivas, insultos, amenazas cruzadas y hasta agresiones físicas. Hay que demostrar a cada momento quién es el más fuerte, porque aquí hay que ganar como sea.

La palabra trampa tiene un significado ambiguo: si gana es picardía, inteligencia práctica. Si pierde se la cuestiona por torpe, por tonta, más que por trampa.

Este es el entorno de un fútbol cada día más enfermo de mercado. En este entorno casi sórdido, los compromisos y hasta los contratos tienen un valor relativo.

Un jugador ficha por un club para los próximos 8 o 10 años, pero a los dos meses, acribillado de ofertas, reclama la revisión de las cláusulas económicas. Los contratos de los entrenadores son, en realidad, hasta el próximo domingo, si es que ganamos éste. El único plazo es la victoria.

En este entorno de confusión, inestabilidad, histeria colectiva y ausencia de ética se juegan los partidos de la que nos empeñamos en llamar la Liga de las Estrellas. ¿Se puede hablar de buen juego, de proyectos, de paciencia y de prudencia para armar buenos equipos? ¿Se les puede pedir a los jugadores, entrenadores y público, que disfruten del juego, inventado justamente para disfrutar?

¿Se puede pedir grandeza, o hay que conformarse con un fútbol miserable, que es producto de las miserias del entorno?

Si pensamos que para esta chatura del ganar como sea, se han invertido millones de dólares, miles de millones de pesetas, nos encontramos con la contradicción más cara y más estúpida de la historia del fútbol. La más maquillada de grandiosidad, además, en defensa de los intereses en juego.

Las leyes del mercado, que dominan al fútbol moderno, digámoslo para aquéllos que aún guardan una pizca de inocencia, son antidemocráticas, despiadadas, injustas y sólo se puede aspirar, acatándolas, a sobrevivir. Sin ética, por supuesto.

Extraído del diario El Mundo (España) - 31 de marzo de 1997

Para querer a Maradona


Ninguno de nosotros sabe lo que significa ser una celebridad. Ni siquiera sospechamos lo que puede sentir un hombre eternamente rodeado de micrófonos, flashes y luces de televisión, y no poder pasear tranquilo por la calle ni en la más remota ciudad del mundo. Estar mirado siempre, en todo lugar y en todo momento. Hacer como nadie lo que todos quisieran hacer. Ser un ídolo auténtico de todo un pueblo que tiene en el fútbol casi su único motivo de orgullo.

Pero todos nos atrevemos a juzgarlo. No es un buen ejemplo, decimos, ocultando con inusitado egoísmo la interminable serie de momentos felices que nos regaló y todavía nos regala cuando juega al fútbol. No es un buen ejemplo, como si además, tuviera la obligación de ser ejemplo de alguien, como si nosotros lo fuéramos, como si no fuera él una víctima de una sociedad estúpida que divide a los hombres en exitosos o fracasados.

Como si no se hubiera estrellado tantas veces con el vacío inconcebible del triunfo. Como si no fuera Maradona. «Si vos te morís, Diego, nos morimos todos. Este país no existe sin vos», le decía hace muy poco un hincha del Boca, públicamente, en un programa de televisión. Maradona es nada menos que la ilusión, la única ilusión que le queda a tanta gente humillada de Argentina, que reivindica un modo de ser cuando él fabrica un arte fugaz y hermoso con una pelota. Maradona, sin embargo, está solo con su drama y grita a su manera, para que entre todos lo agarremos de la mano. Confiesa su adicción y sólo le ofrecen un escenario, mientras se frotan las manos pensando en el dinero que produce. Y él se aferra a lo que realmente lo hace feliz: jugar al fútbol, porque mientras juega al fútbol, Diego Maradona encuentra lo que busca tan desesperadamente fuera de la cancha.

Lo único que podemos hacer es quererlo, como lo quiere su gente, la más humilde, la que sufre como él las injusticias de una sociedad despiadada con los últimos, los perdedores. Quererlo sin reparos, al menos de agradecido. Sin juzgarlo, acompañándolo para ayudarlo. Dejemos por una vez de ser hipócritas. Ahora seguramente los mismos que le pusieron el escenario para que vuelva a generar dinero, lo sancionarán ejemplarmente, lo hundirán un poco más y dirán que no es un buen ejemplo.

Pensemos, un momento aunque sea, con sinceridad, en quiénes son los verdaderos culpables, los malos ejemplos. Recuperate Diego, sabés qué lindo es saber que el domingo vas a volver a jugar.

Extraído del diario El Mundo (España) - 30 de agosto de 1997

Jamás existió el fútbol romántico

Cuando se quiere justificar la propuesta mediocre y temerosa de casi todo el fútbol que se ofrece en casi todo el mundo, se recurre a un concepto que, aunque gastado por las sucesivas épocas, sigue siendo aceptado como un hecho indiscutible: el romanticismo de otros tiempos ha muerto, se dice desde hace por lo menos 50 años. Ahora hay que jugar así, quieren decir. Como si hubiera existido alguna época en el fútbol profesional o amateur donde se haya jugado prescindiendo del resultado y de la tensión que ello implica.

Me acuerdo de que, cuando éramos niños y jugábamos en mi barrio, las porterías las hacíamos con los jerséis, camisetas o piedras y si cada gol se prestaba a una discusión más o menos eterna, el último, el que definía el partido, tenía que pasar por el medio de la portería y a ras del suelo para darlo por válido. En los barrio contra barrio, los perdedores siempre despedían a los ganadores a piedrazos, como para vengar la ofensa de la derrota, para calmar un poco la rabia de no haber podido ganar. Lo cuento porque estoy seguro de que lo mismo ocurría en cualquier barrio del mundo.

Desde siempre se juega para ganar. Y estoy diciendo una perogrullada de las más gruesas. Pregunto ¿en qué juego no se juega para ganar? Vuelvo a preguntar, ¿acaso Di Stéfano era un romántico? Y antes de Di Stéfano, Muñoz, Molowny, Zarra, Ramallets, ¿jugaban sin importarles el resultado? Entonces, ¿de qué época hablan cuando dicen que ha muerto el romanticismo?

El fútbol necesita muchas cosas y entre las más urgentes, reflexiones adultas. Ya que nos metieron hasta el cuello en el fútbol-empresa, en el fútbol de mercado, seamos serios al menos para pensar. El romanticismo en el fútbol, tal cual se entiende ese concepto, jamás existió. Hay momentos en la historia donde se juega mejor y otros peor, pero nunca de manera romántica.

El buen fútbol es ganador y por lo tanto práctico. Se juega mal porque creemos que así tenemos más posibilidades de no perder ya que evitamos riesgos e ignoramos que no hay manera de evitarlos. Ni aun ocupándonos de la mitad del juego, de defender solamente, podemos garantizar algo. Como nos dedicamos cada vez más a las tácticas lo hacemos cada vez menos de los jugadores, a los que les hemos perdido totalmente la confianza. Porque tenemos cada vez más miedo a perder y somos conscientes de la inmediatez en la que vivimos, nos vamos alejando del buen juego y repetimos tópicos absolutamente falsos, como este del romanticismo, que nos permite ocultar lo poco que, en definitiva, queremos al fútbol y lo poco que nos gusta jugar.

Extraído del diario El Mundo (España) - 1° de septiembre de 1997

Ellos y nosotros

Cuando la sociedad se organiza alrededor de las leyes del mercado, los valores se invierten y queda todo patas para arriba. Por ejemplo los gobernantes sufren de amnesia y se olvidan de quién es el que manda y quién el mandado en una democracia, para terminar apoderándose de las decisiones que le corresponden a la gente. Cuando el dinero es el dios verdadero de una religión sin santos pero llena de víctimas sin trabajo y de humillados cotidianos con la vida flexibilizada, las cosas ya no son lo que deben y «el mundo fue y será una porquería», como lo anticipó Discépolo en el tango Cambalache con tanta precisión y actualidad que siempre da la impresión de haberlo escrito ayer.

Cuando el fútbol pierde su contenido y consiguen que a casi nadie le importe un bledo cómo con tal de ganar, cuando el juego se convierte en un espectáculo periodístico mucho más que futbolístico y la televisión le da más importancia a las caras de los palcos que a los córneres con pierna cambiada, entonces, en esa confusión tremenda «cualquiera es un señor y cualquiera es un ladrón», como decía Discépolo.

Por eso vale tanto que, de vez en cuando, alguien como Guardiola ponga las cosas en su lugar. «Ustedes sin nosotros no son nadie» les recordó a los que se apoderaron de las portadas de los diarios y los primeros planos de la televisión, sintiéndose además dueños de un juego que hasta ayer mismo no sólo desconocían y les aburría sino que también despreciaban por vulgar. Siempre pasa igual. Como le dan la razón al que gana y al que paga, «ellos» como dice Guardiola acertadamente para separar los tantos, «ellos», actúan como si fueran los amos de un juego que no les pertenece. «Los jugadores a jugar y a callar», les gusta mandar con la arrogancia irrespetuosa de quien se siente poderoso.

Ya que los entrenadores -salvo honrosas aunque escasas excepciones- no abrimos la boca y aceptamos lo que sea por miedo a desaparecer, alivia saber que por lo menos un jugador, al menos uno, un verdadero protagonista, un auténtico dueño del fútbol ponga a cada uno en su sitio.

A lo mejor, quién sabe, no está todo perdido ni en el fútbol ni en la sociedad, si quedan tipos como Guardiola, dispuestos a reclamar lo que les corresponde, empezando por el respeto.

Extraído del diario El Mundo (España) - 12 de noviembre de 1997

La falta de conceptos básicos

Tal vez porque se juegan demasiados partidos, quizá porque los entrenadores están cada vez más sometidos a la presión de la urgencia o posiblemente porque el fútbol, enredado como está en las leyes del mercado, abandonó los conceptos que lo nutrían desde el origen, pero lo cierto es que se juega mal y que esta primera vuelta no fue una excepción. Si repasamos algunos fundamentos lo comprobaremos.

Corre el que lleva la pelota y los demás miran, justo al revés de lo que debe ser. En la salida, los del fondo achican hacia adelante clausurando la opción de volver atrás para dar la vuelta. Es decir, que el equipo que tiene la pelota se encierra solo. La mayoría de los jugadores no miran el partido para entenderlo, sólo miran la pelota y por eso no ven nada. No hay pausa y por eso tampoco sorpresa.

Se choca casi permanentemente. No se respetan las velocidades que exige cada zona. Se interrumpe el juego permanentemente porque se apela a la falta directamente, sin preocupación por recuperar la pelota. Se defiende en cualquier lugar, sin saber dónde, ni cuándo. La presión no está organizada y depende del esfuerzo más que de la inteligencia, por eso quedan espacios muy grandes entre los defensores y los volantes.

No hay toque con criterio. Cuando se toca, se prestan la pelota unos a otros hasta conseguir un espacio para meter un pelotazo largo. Desapareció la referencia en el medio, porque ya no interesa armar la jugada, sino forzarla. De ahí que se vean demasiados intentos individuales de los más hábiles para pasar por donde no se puede. Hay dos volantes centrales que se utilizan para la lucha más que para jugar. También pasó al olvido el enganche, aquel jugador que da sentido de gol al toque: Laudrup, por ejemplo.

En definitiva, el juego perdió engaño. Se suele hacer lo que se anuncia y por eso valen más la fuerza y la velocidad que el talento. Es un problema del fútbol mundial, especialmente en Italia, que por razones mediáticas, es, lamentablemente, el modelo. No se trata de la disyuntiva equivocada entre el fútbol práctico o dar espectáculo. Jugar bien o mal es el asunto. El espectáculo está implícito en el buen fútbol, que más que ningún otro busca ganar. Queda la segunda vuelta, y la esperanza que nunca se pierde.

Extraído del diario El Mundo (España) - 24 de enero de 2001

La clave es la pelota

Yo creo que el futbolista argentino está marcado históricamente por un amor incomparable: el que siente por la pelota. No es casual que Alfredo Di Stéfano le haya hecho un monumento con aquellas ya famosas palabras, «gracias vieja», porque ése es el sentir de todos los argentinos que alguna vez jugaron al fútbol aunque sea en el potrero de su barrio. Adolfo Pedernera, otro grande de la historia futbolística argentina, lo dice en un libro de memorias que escribió: «Viví y sigo sumando años enamorado de la pelota de fútbol; todavía sufro al no poder entrar en contacto con ella», confesaba ya de mayor.

La pelota, para los pibes pobres de los barrios argentinos, es el hilo conductor que los ata a la vida. Con una pelota ganan el respeto propio y el ajeno, tan difícil de encontrar en la calle. Conocen el orgullo y pueden crear algo que les pertenece en propiedad exclusiva. Roberto Perfumo, un crack de los años 60-70, explica que la pelota suele ser «el primer juguete y por lo tanto está incorporado a nuestro ser, a nuestro mundo interno, como la teta de la madre, la cara del padre, el chupete, la cuna, el dolor de dientes...».

La pelota, en Argentina, además de servir de entretenimiento y de ofrecer una alegría única, rescata de la nada a todos los niños pobres, les da identidad. También los acerca a la belleza y a ese sentimiento de plenitud que produce. Dominar la pelota como nadie y ser jugador de fútbol es un mismo sueño, que comparten desde siempre todos los niños argentinos. «A mí dame una pelota y me divierto y protesto y quiero ganar y quiero jugar bien», dice Maradona en su reciente libro, y agrega, en una hermosísima declaración de amor a la pelota: «donde uno se divierte es adentro de la cancha, con la pelota. Eso hacíamos en Fiorito (su barrio porteño) y eso mismo hice siempre, aunque estuviera jugando en Wembley o en el Maracaná con 100.000 personas».

El amor a la pelota y el orgullo de ser jugador acompañan siempre a los futbolistas argentinos, que establecen con esos sentimientos un compromiso inquebrantable. Cuanto más difícil es el desafío más fuerte es el compromiso. «Hace mucho comprendí que jugar al fútbol me gusta más que escribir», dice el humorista y escritor argentino Roberto Fontanarrosa. Y ése es un deseo que no se traiciona nunca. Por eso el jugador argentino es garantía de personalidad, más allá de sus condiciones. Lo podrá hacer mejor o peor, pero siempre se puede contar con él.

Extraído del diario El Mundo (España) - 12 de febrero de 2001

Definición por penales

Es injusto

Aceptar la definición de una competición tan importante por los penaltis me parece injusto. Me cuesta aceptar que el azar sea quien, finalmente, elija al que tendría que ser el mejor. Darle a la suerte una incidencia mayor, decisiva de hecho, de la que realmente le corresponde no creo que sea lo adecuado.


Inclusive determinar al campeón de un partido resulta caprichoso, porque es aceptar jugarse toda una campaña a una buena o mala actuación en ese día. Es admitir que la suerte tiene tanto que ver como los méritos.

A mi me gustaba la definición que tuvo en otros tiempos la Copa Intercontinental, que se jugaba a ida y vuelta, de local y visitante, y en caso de empate un tercer partido en campo neutral.

Y me parece más justo aún lo del baloncesto, que en los playoff juegan a 5 ó 7 partidos. Entonces sí que el azar ocupa el porcentaje que le corresponde. Por supuesto, no podemos pretender eliminarlo totalmente porque se trata de un juego, pero sí no darle el protagonismo que no es suyo.

En una Liga de 30 ó 40 partidos el que gana puede no ser muy bueno, pero con toda seguridad será el mejor en comparación con los demás. La suerte, en esos casos, acompaña y abandona a todos los equipos más o menos de la misma manera. Los errores y aciertos arbitrales favorecen y perjudican en igual o parecida medida. Y, en cambio, en un partido un fallo equivocado puede decidir un resultado. En este caso, un campeón.

No desconozco la necesidad de acortar las opciones en razón del tiempo, más aún cuando, como ahora, los equipos disputan tantas competiciones y tantos partidos. Prácticamente, no quedan fechas disponibles.

Pero de todos modos, creo que habría que encontrar la forma de quitarle posibilidades al azar, en favor del juego, en favor de la justicia. El fútbol es tremendamente lógico. A la larga, ganan los mejores. Pero en un partido esa lógica no existe.

Tal vez en esta época, donde la televisión se ha apoderado del espectáculo y el fútbol ha alcanzado el tono dulzón de la frivolidad, como todos los productos de consumo, los penaltis cumplen el requisito de dramatismo tan apropiado para vender. Aun así, el campeón merece ser el mejor.

Extraído del diario El Mundo (España) - 27 de mayo de 2001