Saturday, February 10, 2007

¿Y el fútbol, dónde está?


Es el deporte más popular del mundo, en todo rincón se puede hallar una pelota, esa querida imagen de la victoria y desolador fracaso a la vez. Las patadas, los uniformes, el marketing de hoy en día, la venta, transferencia o traspaso de los jugadores que ahora coleccionan camisetas de los clubes como souvenirs en vacaciones.

Un hombre que ha dedicado su vida entera al fútbol, tanto en la cancha como en la banca y, ahora también desde las tribunas de los diarios y libros (tiene en su haber el título La intimidad del fútbol), es el argentino Ángel Cappa, quien con el volumen ¿Y el fútbol dónde está? hace rodar el balón para que salgan debajo de él varios temas que a muchos disgustan y a otros causan escozor, tanto en el terreno de juego como en el contexto tan grande que rodea al deporte-negocio.

En primera instancia, el autor dedica la obra “a los que luchan contra la injusticia de la globalización para que todos entendamos que un mundo mejor es posible”. Ello ocurre inmediatamente después de un prólogo escrito por el ex técnico de la selección mexicana César Luis Menotti, donde afirma “Ángel Cappa sigue luchando por defender el juego, y desde la esperanza y conocimiento, con sensibilidad y coraje plantea ideas, denuncia las grandes mentiras”.

Cuáles son esas verdades, a quién o quiénes denuncia Cappa en sus páginas. No da nombres, no señala apellidos o ciudades, y no lo requiere, simplemente comenta su realidad, su experiencia. Allí observa cómo “la lógica empresarial ha convertido al entrenador en un empleado flexibilizado y a los jugadores en divos cada vez más alejados del juego y más próximos a las cuestiones comerciales”.

En el libro se ubican cuatro certeras entrevistas con Pep Guardiola, Fernando Redondo, Juan Manuel Lillo y César Luis Menotti, de éste último, rescatamos una respuesta tajante: “Ser jugador de fútbol significa ser un intérprete privilegiado del sentimiento y la ilusión de muchísima gente”.

Los capítulos, textos breves, algunos de ellos son epilogados (perdonando la expresión) con anécdotas o pensamientos que conjuga el autor de tal forma que aspectos de la vida común (miseria, hambre, guerras) que parecieran no tener relación con el fútbol, logren en el lector una pausa para darse cuenta de que si el balón es redondo como el mundo, en ambos la problemática puede crecer. De allí que termine la obra con una frase esperanzadoramente real y cruda: “El fútbol está en el fúbol, no en el entorno. Por eso no le queda otro futuro que volver a su pasado para seguir siendo lo que fue y lo que todavía es. A pesar de todo”.

En algunas líneas de Cappa se muestra la filosofía de lo humano, un conocedor de balompié que piensa el fútbol, oriundo de esos invisibles territorios donde “con la pelota en los pies ganaba, sobre todo, respeto, algo muy difícil de encontrar en la calle”. O en otro capítulo, en el que rescata palabras de Jean Cousteau, quien dijo: “El sistema de mercado como en el que vivimos hoy, es lo que más daño le hace al planeta, porque todo tiene un precio, pero nada un valor”. Sin embargo, al final sabemos, quienes gustamos de este deporte, en palabras de Ángel Cappa, en este libro inteligente y ameno, que “el fútbol es inexplicable cuando es gol”.


Críticas al libro


1) "Este libro es un manifiesto contra los que matan el fútbol pero también es una declaración de amor a la pelota. Endecha por un estilo de juego en extinción (si me apuran: un estilo de vida) y también laudatoria por aquellos técnicos “que defienden su vocación, no su puesto de trabajo”, y sobre todo por aquellos talentosos jugadores que todavía juegan para vacilarse, igual que “los pibes que se juntan todos los días en cualquier barrio de cualquier ciudad (...) para vivir el juego que los entusiasma.”"

Por Leonardo Aguirre (Agenciaperu.com)

2) Una vez que se concluye y se repasa mentalmente el nuevo libro de Ángel Cappa, uno casi se siente obligado a ponerse de pie y a declarar junto con él que no existe futbol (sin acento en la u) más lindo, ni más libre y atrevido, que el futbol argentino. Se supone que Cappa sabe lo que dice: su hoja de servicios como entrenador en América y Europa, y como asistente de Menotti en la selección argentina, el Barcelona, el Real Madrid y el Peñarol incluye algunos logros destacados. ¿Pero acierta al final? ¿De veras no existe otro estilo más lindo?
El futbol ya cambió, dice Cappa, y sin duda para mal. Quedaron atrás los días de los virtuosos impredecibles y atípicos, de los que conocían las reglas elementales del juego y sabían ser serios porque sabían divertirse en la cancha. ¿Qué clase de catástrofe acabó de un solo golpe con la apuesta por el riesgo, con la alegría? El futbol moderno se ha tecnificado y mercantilizado, y se ha puesto a las órdenes del frío cálculo táctico. Y algo aún peor: cada gesto, cada movimiento parece atender únicamente a la televisión; la sala de prensa sustituyó al vestidor. A quién le importa la pelota, importa la eficacia. Todo se reduce a correr sin pausa. No debería sorprender que Cappa identifique al futbol italiano (al español también le llega su hora) como la encarnación misma de estos males. Sencillamente, le repatea. De hecho, considera un deber, aunque tenga mínimas posibilidades de éxito, denunciar el peligro que corre el mundo si eso que considera la perversidad que paraliza al futbol italiano se extiende a otras tierras. Barrio, sentimiento, amor a la camiseta, son conceptos que brillan en oposición a centros de poder, geometría, ganar sin importar cómo. En pocas palabras, hay un futbol que sólo valora el triunfo y otro que valora el triunfo siempre y cuando se obtenga jugando bien. El problema es que el significado de esto último apenas se sugiere y, en consecuencia, las buenas intenciones quedan reducidas a una lista curiosa de clichés (“No es el orden táctico lo que define a un equipo, sino sus posibilidades creativas”; “si queremos avanzar, tenemos que jugar hacia los costados”; “no se ataca desde cualquier lugar”; “un equipo tiene que saber cuándo ir a presionar y cuándo retroceder”). Puede sonar injusto, sobre todo después de los años y del enorme trabajo que le ha costado a Cappa defender ciertos principios básicos, entre los cuales destaca el reconocimiento de la dignidad del futbolista, pero a un hombre de su sensibilidad hay que exigirle siempre más: un mínimo de vocación estilística, por ejemplo, pues por qué titular a su libro ¿Y el fútbol dónde está? y no, en correcto español, es decir, cortita y al pie, ¿Dónde está el futbol? Como sea, dónde si no en el futbol argentino, remata Cappa, se encuentran la respuesta y el antídoto al frío cálculo táctico. Riquelme es argentino… y genial. Pregunto: ¿Francesco Totti no es acaso italiano?

Por Roberto Pliego. Reseña publicada en el suplemento literario Hoja por Hoja en abril de 2005. Año 8, Número 95.

3) Desde una hora antes de que empezaran las presentaciones de los músicos y bailarines sudafricanos, la explanada de la Alhóndiga de Granaditas (sí, vamos a hablar de futbol, pero no empezaremos en un estadio) estaba llena a reventar. La gente, muchos jóvenes emocionados por el mero hecho de ser muchos y estar juntos, buscaban algo que hacer en común. La "ola" tuvo éxito. Pero el único cántico que encontró coro en ese atardecer fue el "Goya" de los Pumas de la UNAM.
Era el Festival Cervantino y los Pumas no tenían absolutamente nada que ver. Y este cronista se preguntaba qué estaba pasando, pero leyendo el libro ¿Y el fútbol, dónde está? (así, con su argentinísimo acento en la u), del entrenador Ángel Cappa, comprendió ese y muchos otros misterios de este apasionante deporte.
No se trata de un compendio de quejas al estilo de: "Ya nadie juega como Maradona". No, la premisa de Cappa es que si uno se aleja de "los básicos" de este o cualquier deporte las cosas empiezan a salir mal. Cosa que demuestra y que parece poder trasladarse al panorama actual del futbol mexicano.
Y ¿cuáles son esos básicos? Que se trata de un juego de equipo. Así, nada más.
Cappa establece que cuando el marketing mete demasiado la mano, contratando estrellas o cambiando entrenadores sin darles opción a "hacer" sus equipos, por ejemplo (¿les recuerda al América y su situación actual?) estos principios básicos se desvirtúan o, de plano, se pierden.
Con el sencillo esquema de Cappa y su multitud de ejemplos -desde aquel sicólogo que evaluó a Garrincha y dijo que no daba el mínimo para jugar una copa del mundo, hasta los preparadores físicos que creen que un gran atleta "con un discreto dominio de la técnica del futbol puede ser un superjugador"- el futbol se hace comprensible y aun más disfrutable.
Este redactor podría tratar de explicarle cómo aplicó los principios para entender el "pumamanía" que se desató el año pasado o para explicar por qué el Real Madrid no es invencible como su nómina pareciera indicar. Pero es mejor sólo recomendar que lea ¿Y el fútbol, dónde está? (Ficticia, 276pp, $130) y que usted, cual jugador de futbol que no debe llegar antes que los demás a la meta contraria (como haría un atleta) sino que debe "saber llegar", saque sus propias conclusiones.

Por Manuel Lino. Periódico El Economista México. Reseña publicada en el periódico El Economista el año de 2004.

La intimidad del fútbol. Grandeza y miserias, juego y entorno.

El libro de Angel Cappa

«La intimidad del fútbol. Grandeza y miserias, juego y entorno», es el título del libro que el técnico Angel Cappa ha escrito sobre el deporte que le apasiona. Publicada por la editorial Gakoa y prologada por Julio César Iglesias, la obra será presentada el 7 de mayo en el Círculo de Bellas Artes. «He tratado de recoger -explica Cappa-
las experiencias vividas y contadas desde los barrios hasta el primer nivel del fútbol mundial. De reflejar una formación, el origen de un gusto, del conocimiento, de los valores que hicieron a una generación, nacida alrededor de una pelota en un barrio. Hay también conceptos que fui recogiendo y que transmito. Es en realidad un libro colectivo, hecho por mí que soy y me siento uno de esos tantos que vivieron lo mismo que yo». Bajo estas líneas figuran dos extractos del libro.

LA RAZON

¿Dónde empieza el fútbol?

Si hablamos de fútbol, Jorge Valdano y yo estamos de acuerdo en casi todo. Sin embargo, a veces, en tantos viajes que hemos hecho y concentraciones donde hemos estado juntos, hubo detalles que nos enfrentaron dialécticamente. Son esas ocasiones donde la cuestión es sólo teórica y donde los dos queremos tener razón.


Quiero contarles una de esas discusiones un tanto bizantinas, ciertamente, que en alguna medida nos divertían, y nos servían para ejercitar el razonamiento y para acumular argumentos.

-Te digo que no, Angel, el fútbol es sobre todo inteligencia, empieza en la cabeza.

-Mira Jorge, si no partimos de una técnica adecuada, es imposible hablar de tácticas, de planes, de sistemas o inclusive de conceptos. La ejecución de todo eso sería defectuosa y por lo tanto todo lo demás no tendría valor alguno. O sea, empieza en los pies.

-No es así, porque sin inteligencia para jugar, la habilidad se convierte en una virtud sin objetivo, y te digo, hasta resulta, muchas veces, perjudicial por inoperante. La «gambeta», por ejemplo, que tanto nos gusta, sin objetivo es calesita y el dominio de la pelota ¿sabes qué es? malabarismo de circo.

-Está bien Jorge, pero cuando nosotros le acercamos alguna indicación a un jugador, lo hacemos suponiendo que será capaz de hacerla, ¿o no? No podemos decirle que meta pelotas en profundidad, a alguien que le pega con los tobillos, y tampoco podemos decirle a nuestro equipo que salga jugando, si no pueden dar tres pasos seguidos.

-Pero Angel, para salir jugando, para poner pelotas de gol hay que entender el juego. A la habilidad tengo que saber cómo, cuándo y dónde usarla.

-Claro que hay que conocer el juego, Jorge, pero en realidad el fútbol es la ejecución de una ocurrencia, de una inspiración, y por más que conozca el juego, ese conocimiento no me sirve si no puedo realizarlo. Cuanto más nivel tenga el juego, además, mayor técnica se necesita.

-Yo insisto: si nos pasamos la pelota unos a otros y no sabemos por qué, la técnica es poco menos que inútil. Es como dominar el lenguaje a la perfección y no tener nada que decir.

La cosa siguió una hora más por lo menos. Al fin tuvimos que reconocer que para ser un gran jugador de fútbol hay que reunir las dos teorías. Ser grande en fútbol, implica tener una gran técnica y saber usarla. La inteligencia y la habilidad, en fútbol, es como la forma y el fondo en el arte, van juntas.

Así es, aunque lamento tener que abusar de los derechos de autor para quedarme con la única palabra, pero... empieza por los pies.

LA PASION

Cuando había «wines» eran locos

Posiblemente el jugar pegados a la raya, algo aislados de los demás, tal vez porque se la daban a ellos y los dejaban solos con su suerte, o más probablemente por ningún motivo, sólo por casualidad, la cosa es que cuando en Argentina existían los punteros, que llamábamos wines, extremos en España, eran casi todos de un carácter muy peculiar. Eludían hasta las normas habituales de vida y se ganaban un apodo que era más bien un elogio: loco. Los había muy famosos, como el loco Bernao, o el loco Corbatta, y también los modestos de los barrios, y todos ellos tenían en común la capacidad de hacer lo más sorprendente, para bien y para mal.


De todos los locos que conocí, o que vi jugar, les quiero hablar de quien quizás haya sido el más loco o el más genial: René Houseman. El loco Houseman se escapó de todos los moldes, y no sólo en el fútbol. Vivía -y vive- como jugaba: por inspiración. En él no había nada preparado ni programado. Siempre salía por donde nadie lo esperaba. En la cancha y en la vida.

El Gitano Juárez, fuente inspiradora de todo el menottismo, incluyendo a Menotti, llegó a decir de él que era más genial que el mismo Pelé, «porque Pelé dentro de su permanente creatividad, finalmente hacía lo que uno podía sospechar, por más difícil que fuera», decía el Gitano, «en cambio Houseman inventaba lo que no estaba escrito en ninguna parte. E inventaba siempre, en cada jugada, en cada pelota de cada partido».

Menotti, que fue su entrenador, me dijo que en 1973 cuando René recibía la pelota en los últimos 25 metros, no había alternativas, era penal o gol. Iba a decir que era un gambeteador nato, pero en realidad fue mucho más que eso. Claro que gambeteaba, y con una facilidad inexplicable. Los dejaba dados vuelta a los defensores, pero no paraba ahí la cosa. En todo caso, la gambeta era sólo una parte de la jugada que siempre sorprendía. Houseman redujo el asombro a un hecho natural y cotidiano.

Tuvo tres o cuatro años de apogeo, después, con la misma naturalidad con que llegó, se fue alejando, sin que nadie pudiera hacer nada para evitarlo. Hay una anécdota que quizá lo explique un poco: Un sábado por la tarde, René no aparecía por la concentración de Huracán y Menotti se empezó a poner nervioso. Una hora más tarde le dice a Poncini, «acompáñame que ya sé dónde debe de estar». Llegaron al bajo Belgrano, donde vivía en esa época (1972-73) y en una de las canchitas del barrio se estaba jugando un partido, rodeado de la gente del lugar.

El Flaco mira y no lo ve. Se estaba tranquilizando cuando de pronto lo encuentra en el banco de suplentes. Se acerca, le toca el hombro y le pregunta: «René, ¿qué haces acá, viejo?». «¿Qué hago acá?», contestó Houseman, «fíjese en el titular, es un fenómeno». El pensó que Menotti le reprochaba su suplencia en el equipo del barrio y no su ausencia en la concentración de Huracán, para jugar al otro día un partido oficial.

Extraido del diario El Mundo (España) - 29 de abril de 1996

Thursday, February 1, 2007

Un coche - Un viaje


Angel Cappa, ajeno al mundo del motor y las marcas, intenta superar el escollo de un pinchazo ante la complaciente mirada de su hija María. Un camionero, al final, se encargó de solucionar el inconveniente.

Angel Cappa
SEAT 127
COSTA MEDITERRANEA


Tal vez no sea oportuno confesar en este artículo que a mí los coches no me llaman la atención.

No sé de marcas y menos de motores. Además, no me gusta demasiado conducir, pero es necesario que lo diga porque así se comprenderá un poco mejor lo que les voy a contar de mi primer viaje en coche por España.

Resulta que al poco tiempo de conocernos, mi mujer y yo decidimos hacer un recorrido por la costa mediterránea. Ella tenía un Seat 127, un coche pequeñito aunque suficiente para los dos. No era lo que se dice muy nuevo y había que tratarlo con cuidado.

Empezó conduciendo ella. Yo estaba muy cómodo de acompañante, la verdad, pero llegó un momento en que me sentí realmente obligado a sustituirla.

Cuando pasé el primer coche que encontramos en la carretera y que -aunque parezca mentira- iba más lento que nosotros, noté que ella hizo un gesto contenido, como de asombro y malestar.

- ¿Pasa algo? -le pregunté.

- Es que con línea continua no hay que adelantar a nadie -me dijo amablemente.

Yo ni me había dado cuenta, pero no era cosa de alarmarla, así que busqué una excusa y seguimos viajando y conversando.

Era de noche -digo, por si sirve de atenuante- porque cuando repetí la maniobra veo, de pronto, que del coche que acababa de superar se encienden luces intermitentes por todas partes y nos hacen señas para que nos detengamos.

- ¿Qué pasa? -vuelvo a preguntar.

- Es la Guardia Civil -dice mi mujer, ya menos amablemente que la primera vez-. Has vuelto a adelantar con línea continua.

Pagamos la multa, lo que significó una merma considerable en nuestros haberes y continuamos. Yo estaba un poco preocupado porque mi plan de seducción se estaba complicando.

Después se pinchó una rueda. Intenté cambiarla, naturalmente, pero ella se dio cuenta de que no tenía ni idea de cómo se ponía el gato y esas cosas, así que nos resignamos a esperar.

Una hora después apareció un camión y nos solucionó el inconveniente. Para entonces era evidente que yo había perdido prestigio como conductor. Quise, al menos, mantenerme como un caballero y le propuse que durmiera un poco, que yo seguiría conduciendo.

- Bueno... sigue tú -me dijo dudando-, pero no creo que pueda dormir.

Poco después paramos a cargar gasolina. Me bajo del coche, le digo a mi mujer que abra el capó y hago lo que había visto que hacían casi todos los automovilistas expertos: saco la varilla del aceite para comprobar su nivel.

Pago la gasolina, el empleado vuelve a la oficina y yo me quedo con la varilla en la mano. ¿Cómo decía que no tenía ni idea de dónde volver a ponerla? Mi mujer, que me miraba, comprendió la situación.

Salió del coche, muy seria esta vez, puso la varilla en su lugar y me dijo cortante, sin admitir réplicas: "Sigo yo", y se puso al volante.

Aquel viaje fue inolvidable. Desde entonces estamos juntos y felices, pero yo sigo sospechando que no fueron mis cualidades de conductor las que finalmente la sedujeron. Algún día se lo preguntaré.

Extraído del suplemente Motor del diario El Mundo (España)

Cappa en palabras

"Jugar bien es quitarle posibilidades al azar."